domingo, 29 de marzo de 2009

Recuperar la palabra


Sabino Cuadra

T
ODA lucha social o política conlleva a su vez una lucha por la palabra, por imponer mensajes y conceptos propios. En esta medida, en las décadas pasadas no sólo hemos perdido espacio político y social, sino también ideológico. El capital y el poder han impuesto sus discursos y muchos sectores los han hecho propios. Pero dejarse robar la palabra es apostar por perder.

Eduardo Galeano en su poema Los nadies ha hablado de algo de esto: "Los nadies: los ningunos, los ninguneados. Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no profesan religiones, sino supersticiones. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número".

Los ingresos de los 500 individuos más ricos del planeta son similares a los de los 500 millones de personas más pobres. El principio de los vasos comunicantes de Arquímedes es aplicable también a las ciencias sociales: cuanta más riqueza acaparan los unos, más se extiende la pobreza entre el resto de la población. Existen ricos porque existen pobres… Por eso, pretender combatir la pobreza sin luchar contra la riqueza es un esfuerzo inútil.

Los intereses de quienes tienen el poder y las riquezas y los de quienes carecen de lo anterior no son sólo diferentes, sino opuestos, antagónicos. Ni formamos parte del mismo equipo ni remamos todos en el mismo barco. Las clases sociales no son una reliquia histórica. Siguen existiendo y es la lucha entre ellas y de los sectores populares contra sus opresores la que dibuja el curso de la historia. En un mundo tremendamente desigual, el consenso no puede ser la vía a seguir. Para conseguir que la justicia, la libertad y la democracia atraviesen todos los ámbitos de la vida social, la pelea es inevitable.

Los patrones no son empleadores, sino explotadores. Su objetivo no es crear empleo, sino obtener beneficios. En esa misma medida, la clase trabajadora no es tampoco "un agente social que participa en el proceso productivo", sino alguien a quien se roba la plusvalía y se margina en su trabajo. Pero los trabajadores y trabajadoras no somos recursos humanos, sino personas. Ni somos ni queremos ser algo equiparable a las máquinas o los créditos bancarios. Por eso, los directores de recursos humanos debieran de seguir llamándose jefes de personal. Así las cosas estarían más claras.

La desigualdad entre mujeres y hombres no es un problema jurídico -que también lo es- sino algo estructural derivado de una sociedad patriarcal. La violencia contra las mujeres no es doméstica, sino machista. Violencia doméstica es cuando alguien en su casa se da un golpe contra un armario, es arañado por su gata o el administrador le agarra del cuello por no pagar los recibos de la comunidad. Tampoco aclara mucho, sino más bien lo contrario, hablar de violencia de género, porque la violencia de la que hablamos no es bidireccional, sino que circula por una vía patriarcal única.

El decrecimiento económico no es, por sí mismo, ningún problema. Decrecer en gastos militares y burocráticos, en consumismo y grandes infraestructuras no es malo, sino todo lo contrario. Hay que decrecer, pues, en muchas cosas, y fomentar otras en las que se está retrocediendo: servicios y prestaciones sociales, ocio y cultura... Por eso, el decrecimiento que nos preocupa no es el económico, sino el social. El hambre que afecta a cientos de millones de personas no es debido a la ausencia de alimentos, sino a que éstas no pueden adquirirlos por carecer del dinero necesario para comprarlos.

El planeta carece hoy de capacidad de regeneración (materias primas, agua, tierra cultivable…) ante la brutal explotación a la que se le somete. Por eso mismo, el desarrollo no puede ser el norte a seguir. Nuestra sociedad debe supeditar lo económico y el desarrollo a la democracia, los valores humanos y sociales y el equilibrio ecológico, y no al revés. Por eso, ante el paro y la crisis que nos rodea, la solución no es relanzar la producción y el consumo, sino repartir la riqueza y el trabajo existente entre toda la población.

¿Y qué decir de la seguridad ciudadana? En otros tiempos a esto se le llamaba orden público. Cuando la Policía vestía pesados abrigos y tan sólo daba porrazos, se llamaba a esta Policía Armada, pero ahora que va armada hasta los dientes (botes de humo, pelotas de goma, escudos, cascos…), ya no es tal, sino nacional. Lo mismo pasa con el antiguo Tribunal de Orden Público, ahora denominado Audiencia Nacional. Lo nacional vende, bien sea para rebautizar a la Policía o a negros tribunales. Mientras tanto, al amparo de leyes antiterroristas y de excepción se cierran periódicos y radios, ilegalizan formaciones políticas y partidos, y se detiene, procesa y condena a personas por el mero hecho de asociarse, reunirse o hablar. Es curioso: en defensa de la democracia se recorte la propia democracia. Hay algo aquí que falla.

La clase obrera es ninguneada. Una cárcel de cristal encierra a las mujeres allá donde se hallen. Nuestro pueblo es puro folklore, lengua no oficial, autonomía de tres al cuarto. La naturaleza sólo cuenta como recurso a explotar. Lo principal de todo, la palabra, la decisión, nos es negada. En las fábricas, en los campos, en Madrid, Iruñea y Gasteiz, en las Audiencias, en los medios de comunicación, cuando hablamos con voz propia nos mandan callar o nos silencian. Sólo nos permiten hablar con palabras prestadas, con palabras que no son las nuestras.

Pero la crisis está poniendo en cuestión el sistema y sus valores. Las ideologías no han muerto, sino que renacen de sus cenizas. Hay que avivar el fuego y apagar la tele. Llamar al pan, pan; al vino, vino; y al ladrón, ladrón. Hay que recuperar la palabra, nuestra palabra. Sin ella nunca seremos alguien. Sin ella nunca seremos libres.

Publicado en Diario de Noticias

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