lunes, 30 de marzo de 2009

López frente a sus cuatro déficits


José Ramón Blázquez

Nadie mejor que Patxi López personaliza en estos momentos las contradicciones de la ambición: un impulso indispensable para el logro de los proyectos soñados y, a la vez, una emoción fuertemente adictiva a la que sólo el equilibrio intelectual puede rescatar de las devastadoras consecuencias de su propagación. Para resolver con éxito esta y otras encrucijadas las personas disponemos de la voluntad, la ética y la responsabilidad, que tratan de los límites de las cosas y de nuestras humanas limitaciones. Para el ambicioso, precisamente, no hay nada relativo.

Es una certeza que López se dispone a rebasar la frontera de su ambición ante la oportunidad mal calculada de ser lehendakari sin haber ganado las elecciones, lo que conseguirá con el insuficiente bagaje de sus 25 escaños y el regalo envenenado de los 13 asientos del Partido Popular. La porfía de su ambición le impide ver la terrible carga que le espera: su subordinación política a Basagoiti y la dolorosa frustración de sus alucinaciones, como la de imaginar que más adelante el PNV le salvará de su alianza vergonzante y la de creerse artífice de un hecho histórico, profético y liberador de la opresión nacionalista, sublimado en su figura de primer lehendakari socialista. Estamos ante un delirio, alimentado por los himnos triunfales que resuenan en el Estado por la victoria, según ellos, de los españoles sobre los rebeldes vascos.

Sin entrar en los costes de responsabilidad política y social que deberá pagar López por el desvarío de su ambición, el próximo lehendakari tiene que saber que, en su caso, no empieza de cero y que su mandato arranca con varias taras producidas por sí mismo y de las que no puede culpar a nadie. No son una herencia, sino débitos contraídos por su propia ambición de ser lehendakari a toda costa. A saber:

1º Déficit de legitimidad. A Patxi le perseguirá durante toda la legislatura un considerable déficit político y social por el hecho de que su nombramiento como lehendakari se fundamentara en dos ilegitimidades. La primera, el que su mayoría fraguase merced a la ilegalización de la izquierda abertzale, una alteración calculada para que pudiera representarse en el Parlamento Vasco una mayoría españolista inexistente en la realidad vasca. Y la segunda, el que durante la campaña eludiera premeditadamente anunciar un posible compromiso con el PP, incluso que lo negara con estas palabras en un acto público: "Porque he dicho una y mil veces que no vamos a buscar acuerdos con un Partido Popular que lo único que sabe hacer en Euskadi es antinacionalismo y antisocialismo". Semejante mentira, ahora visualizada, significa que engañó a sus votantes y confundió al resto, además de menoscabar su credibilidad política. Con esta pesada carga es posible que López se pase años, empezando por el discurso de investidura, justificándose ante los ciudadanos y reclamando para sí una legitimación precaria que le dispense del fraude democrático cometido, utilizando para este arduo reconocimiento todas las dobleces de la retórica. Puede optar, en plan cínico, por obviar las malas artes con las que llegó a Ajuria Enea y negar que desplazara con bellaquería al líder mejor puntuado en las urnas.

2º Déficit de liderazgo social. El perfil de López es la de un líder de partido, con imagen de buen chico, tímido y obvias dificultades para convencer e ilusionar a la mayoría social de Euskadi. Llega con los deberes del liderazgo aún pendientes, una condición que se desarrolla pero que no se aprende, ni aún con el uso intensivo de la mercadotecnia: un producto deficiente no puede ser líder del mercado más que en una ficción transitoria que termina inevitablemente por descubrirse en la percepción pública de sus carencias. López sabe que no era el preferido por la sociedad vasca, si damos crédito a los votos y a los estudios sociológicos, incluyendo el nada sospechoso Euskobarómetro. En este sentido, López se reconoce en este déficit de liderazgo como el segundón que a codazos desplaza al líder más conocido y mejor reconocido. No me gustaría estar en la piel del jefe de su futuro equipo de imagen, porque tiene ante sí no sólo la complicada tarea de construir un líder con escasa base, sino que además va a tener que enfrentarse a la prueba de la comparación, terrible test para un advenedizo, más aún si Ibarretxe está presente en la escena parlamentaria haciendo recordar a López y a los ciudadanos la inmensa diferencia entre uno y otro. En esta situación, da miedo imaginar lo que puede ser capaz un líder de bajo perfil por intentar alcanzar el nivel del líder consolidado.

3º Déficit de capacidad de gestión pública. El pobre currículo de Patxi López en experiencia de gestión pública, completamente nula, y su escasa base académica de ingeniería inacabada, presentan al que será el lehendakari peor preparado de la historia, que llega con la teoría y la práctica sin aprobar. Sabiendo de su inexperta trayectoria y medianía, cabe pensar que Patxi López intentará rodearse de gestores de prestigio como consejeros, de manera que ellos, por su acreditada valía, proporcionen a la imagen del nuevo lehendakari aquello de lo que éste clamorosamente carece. Y ahí cometería López un doble error: el primero, pretender que subalternos de lujo hacen un buen torero; y el segundo, creer que un Gobierno puede ser eficaz a base de individualidades con un líder mediocre. Entregar a un líder incierto la gestión de la más grave crisis económica conocida hasta ahora es una irresponsabilidad histórica, ante lo que tiemblan todos los dirigentes sociales y se hacen cruces las organizaciones empresariales vascas. ¿A cuánto ascenderá la cuenta que la aventura de la ambición política de Patxi López deberá pagar Euskadi y cada uno de sus ciudadanos?

4º Déficit de vasquismo. El futuro lehendakari, bien lo sabe él, carga con el legado del escaso compromiso de los socialistas de aquí con la cultura vasca, el euskera y la personalidad histórica de Euskadi. Tanto Indalecio Prieto sin raíces, tanto Damborenea montaraz, tanta UGT españolizadora y tan escasa sensibilidad por el patrimonio común de los vascos que ahora, con López al mando del Gobierno de la Comunidad, hay temor ante un drástico retroceso en política lingüística, educación y cultura, no sólo por los viejos antecedentes de su partido, sino también por los frenos dramáticos a los que le obligará Basagoiti sin indulgencia. Que se eche por tierra lo que ha costado años de esfuerzo y difíciles equilibrios es una preocupación generalizada. El déficit vasquista de Patxi es colosal, lo que podrá amortiguar con el progresivo dominio del euskera y su visualización euskaldun en el Parlamento. Ahora le toca a López ser tan vasco en ejercicio como un nacionalista. Su mayor problema será demostrar que de verdad es un gobernante vasco y no sólo un lehendakari un poquito vasco, ya me entienden.

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