martes, 7 de abril de 2009

Anunciada catástrofe


Aingeru Epaltza

C
uando escribo estas líneas el recuento del número de muertos causado por el terremoto en los Abruzos italianos supera el centenar. No hablamos de algún lejano país asiático o de la siempre doliente África. Hablamos de una zona con paisajes equiparables a Roncal o Aralar, y de gente que apenas se diferencia de nosotros en algo más que en el idioma. Italia nos envía el doliente recordatorio de que los cataclismos no son patrimonio de los parias de la tierra. Nuestro nivel de renta y nuestra tecnología sigue sin hacernos inmunes a huracanes, volcanes y terremotos, desgracias que, a día de hoy, seguimos lejos de poder evitar. A nadie podemos pedir responsabilidades por una catástrofe natural. Sí, en cambio, a quien, desde los poderes públicos, obvia o minimiza las previsiones que sobre ella existan, o falla en las medidas para responder a una contingencia de estas características. Un investigador del Laboratorio Nacional de Física italiano había anunciado hace pocos días de que un fuerte seísmo iba a producirse en la zona. El aviso fue desacreditado y su autor calificado de imbécil por el máximo responsable de Protección Civil de la Administración de Berlusconi; el mismo lince que, tras el temblor, debía coordinar las tareas de ayuda y rescate. Ayer, mucha gente en esta provincia se acordó de Itoiz, lugar donde, si alguna vez ocurriese algo indeseado, tendría ello muy poco de natural. Y se acordó de Corpas haciendo turismo cultural en helicóptero en un día con cuatro incendios forestales. Y de Caballero diciendo que ese día "no había emergencias previstas". Y de un Parlamento Foral que, ayer mismo, con los votos de UPN, PSN y CDN, se niega a mostrar su preocupación al Gobierno del Estado por el último accidente acaecido sobre las Bardenas. No, los italianos no son muy diferentes a nosotros. Ahí también un arrogante y peligrosísimo cretinismo afecta a la gente que los gobierna.

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